miércoles, 20 de abril de 2016

MANDA NARICES...

Este es uno de esos días en los que a una le apetece estampar el ordenador contra la pared. Sí, podría decirse que estoy muy tranquila y zen, pacifica y mansa como un hipopótamo comiendo a la orilla de un gran estanque. Sí, EN MIS SUEÑOS.

¿Que por qué estoy así? Una palabra: estereotipos.



¿Qué es un estereotipo? Según nuestra amiga Wikipedia, es la percepción exagerada y con pocos detalles, simplificada, que se tiene sobre una persona o grupo de personas que comparten ciertas características, cualidades y habilidades, y que buscan "justificar o racionalizar una cierta conducta en relación a una determinada categoría social" (todo el mérito a aquella simpática persona que lo escribió en Wikipedia. Si yo supiera tanto me daban por listilla. Oh, espera, otro prejuicio...) .

Normalmente estas cosas no me molestan y mis amigos y yo podemos permitirnos hablar y reírnos de ello. Pero las cosas como son y eso no es así siempre. Ya sabéis, los adolescentes se revolucionan con las hormonas y acaban poniéndose a la defensiva con todo aquello con lo que no están de acuerdo. Sí, de esos que todavía parecen desconocer la existencia de un debate en base a la contraposición de argumentos que tiene como objetivo llegar a algún acuerdo por medio de la diversidad en opinión y experiencias. O algo así. En pocas palabras, los adolescentes prefieren la ley del que levanta más alto la voz porque así se hacen notar y se sienten valorados en la sociedad (y luego se quejarán porque se quejan de ellos, pero eso ya es otra historia).

Ahora que queda dada tanto la teoría de la conversación como el contexto social en que se da el momento, explico la situación.

Al instituto al que voy también vienen personas ajenas y de las afueras fronterizas para ejercer un aprendizaje del inglés en talleres dirigidos por nativos. El año pasado vino una chica californiana con piel más oscura a la de las típicas estadounidenses que podemos ver en las películas. Hasta allí, nada extraño. Nos contó un poco sobre cómo era la vida en América del Norte, festejos, institutos... Ya sabéis, culturilla general. A mí, personalmente, no me cayó de mil maravillas.

Un par de meses después empezaron los problemas. Yo no sé si fue por rebeldía general de la edad o por las raíces mexicanas de esta profesora y la xenofobia de más de uno, pero nosotros, los alumnos de mi clase, empezamos a no participar de forma productiva. Algunos incluso llegaron hasta más lejos y hacían de graciosillos de turno, de esos pesados hasta decir basta. Conclusión: CAOS ABSOLUTO. Pero ese fue sólo el principio.

Los adolescentes, crueles por naturaleza y apáticos hasta la médula con aquello que creen que no les incumbe, empezaron a meterse con aquella pobre californiana. Y un día explotó y nos salpicó a todos. Recuerdo sus palabras, pero las traduciré porque estoy demasiado espesa como para explicar significado alguno. "Allí de donde vengo todos piensan que sois terroristas. Si esto sigue así, voy a tener que volver para decirles que no se equivocan."

Ese balde que nos echó por encima estaba pleno de agua congelada. Para aquellos que no supieran, esto pasó en el País Vasco y la gente se acuerda de la ETA mejor que nada. Y aquí fue cuando pude sentir como más de uno parecía escupir fuego hasta por las orejas. Sólo diré que se montó la de Dios es Cristo y no volvió a pasarse por nuestra clase en meses.

De eso ya hace un curso entero y mis amigas y yo estamos hablando pacíficamente en el pasillo. Esa misma chica norteamericana todavía seguía impartiendo clases. En la mía, diferente a la que tenía cuando aquel incidente se produjo, las cosas se habían amansado un poco y no armábamos tanto alboroto como los primeros días. Allí es cuando las tres que estábamos hablando vemos pasar a la nativa. Entonces una de mis amigas, un curso menor pero dos años mayor, dice que le cae bien, que no es tan mala como la pintábamos. Bendito el momento en que dije que habían momentos en que no la tragaba y saqué del baúl de los recuerdos aquella bronca en la que nos enfrascamos con ella. Esa misma amiga, andaluza de sangre, se puso a la defensiva y a decir que con su familia bien que se metían por ser de abajo, con aquella característica coletilla: "pu**s andaluces".

Para avivar la llama, inconscientemente, mi otra amiga dijo que eso no estaba al mismo nivel. Allí fue cuando discutimos, que si los vascos eran o no prepotentes y santitos, que si nosotros nunca hacíamos tal cosa, que si odiábamos España... con mi amiga andaluza y acabamos marchándonos de allí.

Pero reflexionemos un momento. ¿Está al mismo nivel llamara a alguien malnacido y llamarlo terrorista? Yo tengo bastante claro que no, para nada. Y tampoco molesta de la misma manera. Si nos llaman tozudos, radicales, peleones, separatistas... me es indiferente, pueden decirlo si quieren. Pero de allí a ser todos terroristas... esas son palabras mayores. Todavía me entran ganas de matar a alguien cuando rememoro una discusión en la que me vi involucrada en un vídeo de YouTube que hablaba del doblaje español y el latinoamericano donde un argentino (si mal no recuerdo) empezó a decir que TODO en España era de lo peor y cosas de ese mismo nivel. Y, seamos sinceros, yo no me siento española a pesar de que mi DNI diga lo contrario, pero hay cosas que se tienen que admitir. A mí España me parece muy bonito y diverso en todo tipo de sentidos. En el entorno en el que vivo me encuentro bastante bien, tengo amigos, familia, aficiones... Estoy a gusto. Pero otra cosa es cómo se encuentra el país a nivel político. Más allá de haber tenido un gobierno un poco mequetrefe en cuanto a económica y política, hay muchos problemas internos. Pero no por eso voy a odiar España. Y aquí llegamos al punto de la discusión.

¿Vosotros qué pensáis sobre este tema?

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