miércoles, 11 de mayo de 2016

Sueño corto: HUMILDE SOLEDAD

Bueno, he decidido rescatar un pequeño relato que tenía por allí para dar inicio a esta sección del blog. Realmente no sé que decir de él... Simplemente lo escribí el día de San Valentín, a las diez y pico de la noche. Como no me quiero alargar de manera innecesaria aquí lo dejo.



HUMILDE SOLEDAD

Miré el horizonte, pensativo. Las vacaciones de verano habían acabado y no tenía nada nuevo que contar. Todos los días fueron iguales para mí. Despertaba pronto y cogía mi bicicleta para pasear antes de que las calles se alborotaran. Fui a sitios diferentes.

A veces, me dirigía al puerto y respiraba el olor a salitre de la mañana. Observaba el vaivén de las olas y las veía chocar contra las grandes rocas. Miraba el amanecer sentado y cerraba los ojos, entregándome por completo a la melodía de las sirenas. Suspiraba y pensaba en todo, sin obsesionarme con nada. Después me levantaba, me estiraba y desentumecía mi cuerpo. Me ponía en marcha y volvía casa.

Otros días me alejaba más. Había encontrado un lago a una hora de distancia. Cogía una mochila, metía una toalla y me vestía con una camiseta y mi bañador. Llegaba cuando el cielo todavía estaba inundado de estrellas y nadaba en una sábana tejida con la luz de la luna. Dejaba que el agua y yo fuéramos uno hasta que el cansancio me dominaba y sintiera que en cualquier momento me iba a ahogar. Salía, tendía mi toalla a la orilla y me tumbaba mirando el cielo, siendo expuesto al sol que recientemente asomaba. Plácidamente, dormitaba. Y como si de un reloj me tratara, abría los ojos antes del paso de las dos horas. Recogía mis cosas y me montaba otra vez en la bicicleta. Recorría el camino en soledad por la carretera. Esos días solía volver más tarde.

Cuando llovía, simplemente paseaba sin paraguas. El gorro de mi sudadera era lo único que me protegía de la humedad. Esos eran, precisamente, los días en los que sentía melancolía. Recordaba momentos que me hacían daño, mucho daño. Me sentaba en la terraza de una cafetería al otro lado de la ciudad. Pedía un chocolate caliente, dejaba propina y no me lo tomaba. Sólo lo miraba, recordando las tardes en las que él y yo nos sentábamos, rendidos, en la mesa más lejana a la puerta y pedíamos bebidas calientes para poder relajarnos. Mi cabeza se llenaba de recuerdos dolorosos en los que él me sonreía. Donde me pillaba desprevenido por la calle y me asaltaba con abrazos y besos en la nuca. Donde dormíamos juntos y nos lo decíamos todo con una simple mirada de ternura. Revolvía el chocolate con la cuchara y recostaba mi cabeza en la mesa para llorar en silencio. Entonces me levantaba y abandonaba el lugar. Paraba en sitios donde mis más abrumadores pensamientos me invadían. Mentía sobre mi edad, haciéndome pasar por mi hermano, compraba cervezas y me alejaba de todo. Bebía para olvidar, aun sabiendo que no serviría. Esos días volvía a casa pasada la medianoche.

Siguiendo la misma rutina, cada dos semanas pasaba por una floristería y compraba lirios y rosas negras. Tomaba el camino al cementerio. Contaba los pasos que necesitaba para llegar desde la gran verja hasta su tumba, siempre los mismos. Respiraba hondo y me agachaba para tender un ramo. Me recostaba a un lado y apoyaba mi cabeza en la lápida, imaginando su despreocupada imagen junto a la mía. No lloraba. Tenía que ser fuerte. Por él. Guardaba silencio y suspiraba. Me sentía como un enamorado al que quitaron las alas. Cuando pasaba un tiempo, únicamente me levantaba y volvía a mi hogar. Esos días no volvía a salir.

Entre los tintes del anaranjado horizonte recordé su ausencia una vez más. Miré el reloj y, con lentitud, me dispuse a volver pronto. Había empezado a hacer frío y mis padres se preocuparían por mí. Desaparecí entre la niebla, dispuesto a seguir mi camino sin olvidar.

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