martes, 5 de julio de 2016

Sueño corto: ESPUMA

Bueno, traigo un nuevo relato que me veía con ganas de escribir. Sin más que decir, allá va. Y si tenéis alguna duda no dudéis en preguntarme ^^




ESPUMA
La espuma me trae recuerdos de verano.

Un verano frío, nublado por el aburrimiento.

Fue hace cuatro años. Mi familia y yo estábamos de vacaciones en mi pueblo natal. Era un pueblo costero, con gente agradable que disfrutaba hacer las cosas a su propio ritmo. El puerto no acogía muchos barcos y era más bien pequeño. Pero por lo menos era agradable.

Aquel agosto fue muy frío, más que de costumbre. Hasta yo, que venía de una ciudad en la que las bajas temperaturas no era novedad, sentía como todo mi cuerpo se helaba cada vez que salía a la calle. Por eso me extrañó cuando mi hermana menor salió con una bolsa de playa en el hombro. Mis padres dijeron que se había vuelto loca, pero acabaron por acompañarla. Y yo hice lo mismo, por mucho que en el fondo sentía que no debía dejarlos marchar.

Todavía recuerdo el tacto de la arena. Estaba húmeda y pegajosa, no debí haber ido descalzo. Pero eso no me importó en su día, aunque hoy la siento en mis pies siempre que llega el verano.

El cielo había oscurecido y unos gigantescos nubarrones grises tapaban el poco sol que podía verse. Sentí un escalofrío. O eso creo, porque cada vez que lo veo uno recorre todo mi cuerpo. Avecinaban tormenta pero por entonces no tenía ni la remota idea.

Éramos los únicos en toda la zona. Los guardacostas ni siquiera se habían molestado en venir y poner la bandera de alerta. Las olas eran impresionantes y chocaban contra las rocas como si quisieran destrozarlas. Sabiendo lo que sé, me pregunto por qué demonios no acabaron con ellas.

Mi hermana tenía una voz muy chillona pero dulce. Esa misma voz fue la única que inundó toda la playa. Parecía feliz. Y eso me agradaba. La seguí hasta las rocas para observar todos sus movimientos desde cerca. Sabía que era frágil, aunque tenía tan sólo dos años menos que yo. Supongo que su figura era enternecedora y eso me abrumaba por no poder protegerla. Mi padre me observó con recelo mientras cuchicheaba con mi madre. Bueno, así fue como interpreté aquella desagradable mirada que me dedicó. Imagino que sería porque no le gustaba su nueva responsabilidad. Imagino que me despreciaba. Todavía lo hace, creo.

Recuerdo, especialmente, el olor salado del mar. Se adentró por mis fosas nasales, haciéndome recordar que estaba allí. Tuve que sentarme para no caerme por el mareo y unos brazos congelados me rodearon el cuello. Mi hermana -hermanastra, en realidad- me había aceptado con facilidad, y esta era una muestra de cariño típica en ella. La estrujé contra mi cuerpo, hacía muchísimo más frío de lo que yo creía. Tendrían que ver mis tirantes y pantalones cortos, ahora que lo pienso.

Una ola rompió muy cerca de nuestro pequeño "campamento", escupiéndonos su agua encima. Cuando noté el cuerpo de mi hermana tirándome a la arena con su propio peso, noté también la mirada de mi padrastro clavada en mi nuca. Lo sé porque cuando me giré para comprobarlo, tenía sus penetrantes ojos acuchillándome.

Él volvió a hablar con mi madre. Parecían estar discutiendo, pero al estar tan lejos no podía escuchar lo que decían. Debió ser grave, a juzgar por el rostro de mi madre y la manera en que se marchó, sollozando. Mi nuevo padre la siguió. 

Si hubiéramos podido verlo, el sol estaría en su punto más álgido. Aunque ni siquiera parecía ser verano. El sol estaba allí, y parecía no sentir pena por los habitantes del pueblo, porque se dedicaba exclusivamente a dar luz y poco más. Nada de calor. Nada.

"Me gusta cuando callas porque estás como ausente". 

Si tuviera que describir esa sensación, diría que esas palabras burbujearon en mi oído con una voz empalagosa. Eran las palabras de Neruda, el poeta favorito de mi hermana. Se había vuelto una costumbre, escuchar como ella recitaba sus versos como si los sangrara, a escondidas, colocando mi oreja en la puerta de su cuarto. Pero nunca la había escuchado tan de cerca, con aquella voz que ronroneaba en susurros.

No recuerdo como formuló pregunta, pero me hizo saber que era completamente consciente de mi presencia cada vez que recitaba de memoria poemas. Sé que mi expresión en ese momento fue de sorpresa, por mucho que no tuviera una foto en la que verla. No dije nada y ella sonrió con dulzura.

En ese largo silencio, los rugidos de las olas se hicieron presentes. Se hacían desoladores, impertinentes y furiosos. Sobre mí tenía a mi hermanastra, con su bikini de rayas a juego con sus ojos. Sus ojos, que me estaban mirando como si quisiera atravesar los míos y así saber en qué estaba pensando. Sus ojos, que dejaban entrever un halo de melancolía. Pero nuca supe porqué. Y los rugidos de las olas aumentaron en intensidad y constancia.

Una ráfaga de viento me sacó de aquel laberinto para recordarme el frío helador que hacía. Tenía carne de gallina, sentía fiebre y no me encontraba nada bien. Estaba volviendo a marearme, me sentía extraño y la tormenta que tenía lugar en mi interior era comparable a la que luchaba el mar. Estaba hecho un lío.

Mi hermana se levantó, haciéndome sentir más ligereza. Se aproximó a su mochila y sacó una toalla con un estampado floral. Volvió a acercarse a mí y me rodeó con ella.  Era cálida, mucho más de lo que esperaba. Aunque cualquier cosa me lo hubiera parecido. Ella se mantuvo pie, haciéndose una coleta, por lo que supuse que se metería en el agua. Otro escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando imaginé la temperatura que debía de haber en el mar.

De repente, se arrodilló y chocó su frente con la mía. Vi como una sonrisa se formaba en sus labios y el dolor causado me atontaba. Lo siguiente, todo lo que pasó después, lo recuerdo en cámara lenta de manera muy difusa.

Su respiración chocó con la mía, y después chocaron nuestras bocas. No supe reaccionar, me dejé llevar por la oleada de sensaciones en mi estómago. Lo llaman mariposas, pero aquello que me llevó a mis instintos no podría describirse de otra manera que no fueran abejorros cabreados. Duró una eternidad en que ni siquiera podía pararme a pensar.

En ese momento no supe diferenciarlo, pero esa joven había dejado de ser mi hermana en ese momento. Y con esa lógica en mente, no pude hacer más que corresponder aquel beso que se había vuelto apasionado.

Se separó de mí, no pude ver su rostro pero la vi marchar hacia las olas. No pude moverme. No me veía capaz de hacer ningún movimiento. Y por eso, cuando una oleada de sentimientos arrasó mi cuerpo mientras una oleada hacía desaparecer poco a poco todo rastro de aquella mujer que me había llevado a la locura, no me moví.

Lo único que vi fue la espuma contra las rocas donde mi amor se derrumbaba. Espuma...

Mi padrastro dejó de serlo después de lo ocurrido. Su hija había muerto. Y había sido por mi culpa. No he vuelto a ver a mi madre ni he sabido nada de ella desde entonces. A veces me pregunto dónde estará, si no se siente culpable por no haberme ayudado cuando no tenía nada con lo que seguir adelante. Ella dejó de ser mi madre, también. Yo sería mayor de edad, pero todavía necesitaba su apoyo. Su apoyo, aquel que no obtuve.

Mi psicólogo dijo que lo mío era una enfermedad, que llegaba a la locura. Yo sigo diciendo que fue mi primer y último amor, aunque por entonces no fuera consciente de ello. Era amor.

Aún conservo aquella toalla. Cada vez que la miro, me recuerda a ella. Cada vez que miro las siluetas de las flores que contiene, me acuerdo de ella. La flor de loto me hacía pensar en su porte delicado, las orquídeas me recordaban su naturaleza apasionada y el crisantemo la inteligencia que poseía. La única distinta era una única camelia, la única en color y de una mezcla alterna de blanco y rojo pasional. Esa era la que me representaba. Y esa toalla es la única pertenencia que mantengo en esta vida entre cuatro paredes sumida por la locura.

Una escritora francesa llamada Françoise Sagan dijo una vez algo muy cierto. Lo cito aquí, porque lo veo necesario.

"He amado hasta llegar a la locura; y eso a lo que llaman locura, para mí, es la única forma sensata de amar."

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