lunes, 21 de noviembre de 2016

Sueño corto: AGUA

De hace varios meses, y nada especial que comentar... Ah, sí, contiene BL. Por si acaso, no sea que a alguien le eche p'atrás. En fin, ya me diréis.

AGUA

Cuando me mirabas, no hacía más que perderme en tus ojos color mar. Y como ese mar, tú también eras profundo. Desde fuera, uno más, como cualquier otro. A veces te enfadabas, y las olas de tu furia me salpicaban. Otras veces, en cambio, estabas tranquilo. Tan tranquilo que parecías no tener vida, como si de un muñeco de porcelana te trataras. De porcelana, porque sentía que tu fragilidad provocaría en cualquier momento que te rompieras en mil pedazos. Pero como si de un ecosistema completo te trataras, cuando más dejabas que ahondara en ti, más complejo te me antojabas. Lleno de matices y tonalidades, y tantas corrientes de pensamiento, tan distintas las unas de las otras… Y pensar que para la mayoría de personas tus aguas eran saladas, desagradables ¡pero que a mí! de tanto ahogarme entre ellas se me hacían tan dulces y apetecibles. Lástima, cuando te lo decía, tú afilabas la mirada y me escupías a la arena. Te creías que así evitarías que yo viese tu rostro en un amanecer esbozado en luces rojizas y rosadas. Y te creías, incluso, que así me evitarías, con ese pésimo disimulo. Pero yo cada vez conocía más de ti y de lo que, más allá de tus evasivas, pensabas de mí. Y agradecía ese hueco que a pesar de evitar siempre me dejabas en lo más profundo de tu ser, de tu corazón. En aquellas lagunas de soledad. ¿Tanto te costaba decir que me apreciabas? O peor, ¿acaso eras incapaz de pronunciar aquellas palabras que ansiaba escuchar de tu boca? 

Tenía por entredicho que era mucho pedir que me confesaras lo mucho que te importaba bajo la lluvia, sin paraguas y empapado, habiendo corrido detrás de mí para alcanzarme en un abrazo desesperado, pero nunca creí… que esa fuera tu manera de decirme las cosas. Aunque desde lo más profundo de mí, te agradecía que así sucediera. Te veías tan sumiso y a la vez tan orgulloso que no dijiste las palabras correctas. Pero me bastó en ese entonces. Era la primera vez que me dedicabas algo más allá de una sonrisa satírica o una expresión enfurecida, y yo me sentía el hombre más feliz del mundo. Yo… te amaba, ¿sabes? Apartándote como mi mejor amigo, y pensando en ti como algo más. Por eso, tras tantos meses de espera, mis esfuerzos dieron sus frutos. 

 Yo había perdido la paciencia, y ya me había cansado de reprimir mis sentimientos. Por eso, fui a tu playa y me metí en el agua sin preocuparme como me miraba el resto del océano, adentrándome en tu casa, delante de todos. Nada más me importaba. Y fue entonces cuando tus corrientes me arrastraron, llevándome lejos de la realidad. Habías cogido la iniciativa, me habías besado y el estruendo que se formó con los platos que a tu madre se le cayeron al fondo del arrecife eran mi menor preocupación. Después de todo, me estaba costando creer que las olas de tu mar me habían abrazado, y probablemente a tus padres, presentes en la cocina cuando eso pasó, tampoco se lo esperaban. Incluso tú mismo te habías tomado por sorpresa tus actos. Lo daba por seguro, por como corrías hacia tu cuarto cuando separaste tus labios de los míos y por cómo te encerraste con pestillo y no me dejaste entrar. Pude saber que era tu manera de apartar tu orgullo como un hombre de verdad y asumí aquel acto como tu necesidad de tomarte un tiempo. Despedí a tus padres con un gesto, sintiendo sus ojos, azules como el océano, clavados en mi espalda. Ninguno pronunció palabra. Y yo salí del agua para volver a la arena y sumergirme en el que me proporcionaba la bañera de mi casa. Sólo mirando el techo, y viendo por la claraboya que lo cubría la luna que me sonreía. Tú eras un mar, pero ¿qué era yo? Yo no podía ser tu agua, yo no podía ser tu sal. Ni siquiera podía ser aquel buceador intrépido sin temor a lo desconocido. Porque había empezado a sentir miedo. ¿Qué pasaría si el océano en el que te veías clavaba en tus costas una bandera roja? ¿Qué si no conseguía sumergirme por miedo a morir estancado? No podía lanzarme a la aventura, robando un trozo de madera y nadando hasta el epicentro de tus sentimientos por mí. Quería saber tus razones, quería escucharlo de ti, de tus palabras… pero me sentía como un cobarde. Quité la humedad de mi cuerpo y dormí. 

Pasó mucho tiempo hasta que decidí huir de mi refugio. De mi casa, para adentrarme en tus aguas, preparado para la tormenta. Pero no hubo tormenta. Hacía frío y el mar estaba congelado, estático. Apenas se perturbaba por mi intromisión. Mis ondas eran invisibles. No me veías, era imposible llegar a ti. Y empecé a sentir cómo me helaba. Como mis rodillas flaqueaban y no podía hacer nada para evitarlo. Y notaba una estaca clavada en lo más profundo de mí. Hice lo único que podía hacer mientras sentía que me convertía en hielo: gritar. Y entonces fue cuando giraste tu cabeza para verme con tu mirada apagada, inundada por un negro azabache sin vida. Pude vislumbrar como una llama de luz blanca se reflejaba en tus ojos, era mi reflejo. Te acercaste, al principio andando, pero corriendo cuando sentí que me desplomaba entre la espuma. Te miré y pude ver tus ojos color mar inundados en lágrimas, con miles de luces y sombras, teñidos de un brillo que nunca antes había visto en ti. En ese instante pude comprobar lo que yo podía ser para ti. No podría ser tu condimento ni tu intruso, nunca, porque yo era ese manto de estrellas que se reflejaba en ti.

Desde ese incidente, descubrimos cuál era nuestra función, nuestra razón de ser. Aunque a pesar de todo ello ambos sabíamos que había algo que nos faltaba. Y fue por eso que una noche, en aquel acantilado que nos separaba, te recogí entre mis brazos y te llené de besos y caricias fundidos en un placer exquisito. Esa noche hicimos el amor bajo la luz de la luna, desentrañando por fin qué era aquello en lo que nos sumíamos. Esa noche nos fundimos en un mar de estrellas.

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